Mujeres rurales reivindican desde hace 25 años su independencia; piden compartir titularidad de tierras con sus maridos, obtener un sueldo por las tareas y que su opinión se tenga en cuenta. El Estado las ayuda desde hace tres años, pero solo 400 de las 39.000 que viven en el campo están asociadas.

Por Camila Bello. Todavía se acuerdan cuando las trataban de dementes. Llamaban a sus maridos y les pedían que las cuidaran mejor, que las pusieran en su lugar, que no las dejaran solas. A ellas les preguntaban por qué viajaban tanto a Montevideo, qué tenían que hacer ahí, en dónde se quedaban a dormir. Muchas mentían para ir a las reuniones, decían que se juntaban con amigas. Otras mujeres las miraban, hablaban a sus espaldas, las criticaban. Cuestionaban cómo criaban a sus hijos, qué ejemplo les daban, qué les estaban enseñando. Sin embargo, ellas aún eran jóvenes, tenían casi 30 años menos y aguantaban. Aguantaban que les dijeran que no, que les cerraran las puertas, que les pusieran obstáculos. Pero no se quedaban quietas.

Al principio eran "cuatro o cinco locas sueltas" —como les gusta llamarse— que se empezaron a reunir. Sabían que algo andaba mal, que se merecían otra cosa, pero no tenían claro qué. Las habían educado así: debían encargarse de la casa, de preparar la comida, de dormir a los niños. Pero también, cuando todo lo demás estaba pronto, tenían que trabajar de sol a sol sin recibir un peso, en terrenos que nunca serían suyos porque estaban a nombre de sus esposos o de sus hermanos. Entonces empezaron a reclamar igualdad, pero su entorno no estaba dispuesto a dársela.

Hasta que tantas charlas empezaron a dar frutos y en 1991 fundaron una red. Era la primera vez que las mujeres rurales uruguayas se asociaban para reclamar independencia. Buscaban ser escuchadas, tener su propio dinero, salir del rol para el que sus familias las habían preparado. Así que empezaron a viajar a la capital y a demandar respuestas del Estado.

Norma Carugno lo cuenta así:

—Vendíamos huevos y mermeladas para pagar los pasajes. Al principio sacábamos la plata de nuestros bolsillos para reunirnos, no había manera de que nadie nos subsidiara nada. Nos poníamos al lado de la ruta, en el departamento que fuera, y vendíamos. A veces nos comprábamos entre nosotras y, si teníamos suerte, nos compraba alguien más.

Es el segundo martes del mes y toca asamblea en la ciudad de Canelones. En el orden del día urge afinar los últimos detalles del festejo del Día de la mujer rural, que se celebrará el 4 de octubre en el Parlamento. Tienen miedo de que algunas de las socias de la red no sepan ir de Tres Cruces al Palacio Legislativo, por lo que resuelven que haya unos pocos taxis esperándolas en la terminal. También deciden marcar los pasajes de vuelta para la hora 17, ya que hacia algunos pueblos hay pocas frecuencias y esa es la última del día. El tiempo apremia.

En la mesa hay galletas saladas y un pote de mermelada de durazno. Una de las mujeres sirve un refresco de pomelo, mientras las demás siguen discutiendo los detalles del festejo. Muchas hablan a la vez y el barullo es inevitable, hasta que una levanta la mano y pide la palabra. Les llama la atención a sus compañeras, ya que si siguen demorando va a perder el ómnibus a Florida, como la última vez. El resto trata de ordenarse, pero enseguida vuelve a alzar la voz.

El griterío es cada vez mayor, pero alrededor de la mesa solo se sientan 10 mujeres. Ellas representan a todas las afiliadas a la red que —aseguran— llegan a 200. No tienen sede y se reúnen donde pueden; a veces les prestan un local en Canelones, otras consiguen un espacio en Florida. "Lo más importante es estar juntas, así somos más fuertes", dice una de las señoras, y el grupo asiente.

En la discusión utilizan las palabras de las feministas de hoy. Hablan de patriarcado, de empoderamiento, de romper con la desigualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo, ante la pregunta de si se consideran feministas, enseguida hacen silencio. Muchas no lo saben.

Una alza la voz y dice que no, que no es feminista. Entonces explica que en la red no están de acuerdo con enfrentar al hombre y a la mujer —como consideran que algunos colectivos feministas hacen—, sino que prefieren potenciar a las productoras por el bien de la familia toda.

Sus reivindicaciones pasan por compartir la titularidad de los terrenos con sus maridos, percibir un sueldo por las tareas que realizan y que su opinión sea tomada en cuenta. Para eso se agruparon, porque están convencidas de que entre todas pueden revertir una tendencia histórica: la supremacía masculina en el medio rural. Pero por ahora prefieren que nos las llamen feministas.

Teresa Herrera, presidenta de la Red Uruguaya Contra la Violencia Doméstica y Sexual, no está de acuerdo con esa mirada. Dice que las mujeres rurales luchan por los mismos derechos que las que viven en la ciudad, pero no lo saben ver. "No me extraña que haya mujeres que estén pensando que destruimos las familias. Y yo les respondo: ¿somos nosotras o los femicidas?", cuestiona. Para Herrera, los mitos y los prejuicios del campo no les permiten a las productoras terminar de ganar autonomía.

Sin embargo, Cristina Revetria (57) se siente independiente. Pasó la mayor parte de su vida en Canelón Chico, ayudando a su padre con las seis hectáreas de campo que tenía. Dejó la escuela a los 11 años y se puso a trabajar. Carpió la tierra para plantar porotos, los cortó, los trilló. Ella hacía a la par de los hombres. Hasta que hace tres años el cuerpo le pasó factura y un problema en la columna la obligó a alejarse.

"No me extraña que haya mujeres pensando que destruimos las familias. Y yo les respondo: ¿somos nosotras o los femicidas?"

Teresa Herrera

—Me enfermé mal de los huesos de tanto esfuerzo que hice. Ahí me senté en mi cama y me puse a pensar qué hacer. Estuve peleándola todo el tiempo como gato entre la leña, mucho trabajo, mucho llorar, mucho compromiso. Yo era la que llevaba todo el barco, con mis dos hijos, sola —cuenta.

Fue de las pioneras de la Red de Grupos de Mujeres Rurales y todavía recuerda cómo las criticaban. La primera actividad que organizaron fue una jornada de diagnóstico de cáncer de cuello de útero en una escuela de Canelones y la gente les gritaba desde los autos. "¿No tienen otra cosa que hacer?". Pero ella siguió adelante. Y al tiempo, con más de 50 años, consiguió terminar la escuela y el ciclo básico.

Entonces descubrió que tenía una vocación. No era el campo lo que le gustaba: era lo único que conocía. A través de Inefop realizó un curso de 10 meses en podología y ahora recorre su pueblo en moto en busca de nuevas clientes. "Sabía que le quería hacer los pies a toda mi vecindad", dice con firmeza. Tiene pinzas, alicates, pomadas y limas. Se compró la valija completa y empezó a tener un ingreso propio, que logra a partir de una tarea que nada tiene que ver con lo que hacía antes.

—Hay que dejar de venir a las reuniones con las patas llenas de barro. Yo me baño y quedo de punta en blanco, con el brillo en los labios y la rayita de delineador en los ojos. Siempre voy, me doy cuenta de que vale la pena participar, formarse, capacitarse. Así fue que me empoderé —agrega.

Juntas pero divididas.
La población rural viene bajando de forma precipitada en las últimas décadas. Las mujeres, que en 1980 eran más de 110.000, en 2011 no superaban las 39.000. Desde entonces no hubo censos nacionales, pero diversos estudios estiman que hoy son incluso menos. Las productoras representan el 38% de la fuerza laboral del campo; el resto son hombres.

Sin embargo, las pocas mujeres no terminan de juntarse. Su historia colectiva tuvo vaivenes y terminó de dividirse en 1994, cuando una facción se separó de la red. Se armaron dos grupos y también dos versiones, ya que las que permanecieron en el conjunto original están convencidas de que "las otras" le hacían mal a la organización. Las escindidas, por su parte, no se sentían representadas, así que tomaron una decisión que las marca hasta hoy: formaron la Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay (AMRU).

Eva Acuña, presidenta de la Red de Grupos de Mujeres Rurales, dice:

—Notábamos que a algunas no les interesaba nada, no había un compromiso verdadero con la red, no importaban las preocupaciones de lo que se estaba trabajando. Ellas se retiraron y ya no tenemos mucho contacto con esa gente. Las que son mayores que yo dicen que ellas eran más abiertas, más independientes.

La red mantuvo la cantidad de integrantes incambiada, pero AMRU empezó a crecer. El apogeo de la asociación se dio a principios de siglo, cuando al menos 2.000 mujeres formaban parte del grupo. Las escindidas eran más que las originales, hasta que un problema de gestión las desmoronó. Hoy tratan de rearmar la organización, pero no logran superar las 200 afiliadas.

Lilián Corbo, secretaria de la AMRU, recuerda:

—En 2004 se terminaron los proyectos con el Ministerio de Ganadería (MGAP) y hubo que salir a buscar ayuda. Muchas mujeres empezaron a irse a otras instituciones, pero hubo otro quiebre cuando una técnica hizo las cosas muy mal y dejó muy mal parada a la AMRU. Le quedamos debiendo $ 200.000 al MGAP; era mucho para nosotras.

La asociación pudo saldar la deuda con el Estado, pero desde entonces no recibe más préstamos de parte de los ministerios. Ahora se financia con la cuota que pagan las socias todos los meses, que es de $ 50 cada una. Y si bien la AMRU trata de recuperarse, la falta de fondos y el debilitamiento interno atentan contra sus objetivos.

—La otra vez estábamos hablando de que somos poquitas y tendríamos que juntarnos. Nos da miedo que no se pueda continuar con lo que hemos logrado —admite Corbo.

Ese temor también afecta a la red, sobre todo por la edad de sus integrantes. Los números son claros: el 63% de las mujeres que vive en el campo tiene más de 35 años, según un estudio elaborado por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) en 2016. Y la mayoría de las socias de la organización tienen entre 50 y 90 años.

Lo que más les importa es captar jóvenes para asegurar la renovación. En la asamblea es un tema recurrente y dos técnicas —financiadas con fondos del MGAP— presentan un informe elaborado a partir de talleres con mujeres que podrían integrarse a la red. Las jóvenes relataron que no tienen tiempo para asumir los compromisos, que deben dedicarse a sus hijos y al trabajo. También tienen miedo de no poder hablar frente al público como las más grandes, que ya pasaron por varias capacitaciones en los últimos años. "Les parece que nunca van a poder ser como ustedes", dice una de las especialistas.

Rostros invisibles.
La invisibilidad fue un patrón repetido entre las productoras rurales hasta hace tres años. En octubre de 2015, con motivo del Día de la mujer rural, los grupos organizaron un encuentro en Young. Cientos de trabajadoras llegaron de todas partes del país y esa gran asamblea marcó un antes y un después en su historia: el Estado empezó a darles una mano.

Los organismos que más las ayudan son la Dirección de Desarrollo Rural del MGAP y el Instituto Nacional de Mujeres (Inmujeres) del Mides. Les dan subsidios a las asociaciones, a las productoras y contratan técnicos para que las formen. Los préstamos para emprender pueden ser de hasta US$ 8.000 y tienen facilidades de pago. A su vez, financian los pasajes de ómnibus para que las socias participen de las reuniones.

Por su parte, el Instituto Nacional de Colonización también empezó a tenerlas en cuenta. Desde hace tres años, todos los contratos que se firman a través del organismo incluyen a los dos cónyuges. De esta manera, las mujeres también son titulares de las tierras y no deberán ponerlas a nombre de sus hijos varones si los esposos mueren, como ocurría antes.

Esther Arrambide, directora de descentralización y participación de Inmujeres, cuenta que las desigualdades de género se ven acentuadas en el campo, porque las políticas públicas para combatirlas tienen más incidencia en el medio urbano. De hecho, explica que es más difícil llegar a aquellas que habitan al norte del río Negro, porque las distancias son más largas. "Para la mujer rural, solo juntarse con otras es una barrera que se derriba. El mayor impulso no lo da el Estado, se lo dan entre ellas", dice.

Otro obstáculo, cuenta, son los maridos de muchas de estas productoras, que no quieren que logren autonomía. Hay dispositivos de atención en violencia doméstica en todos los departamentos, pero en muchos casos están en los pueblos. "Permanentemente estamos identificando situaciones", afirma Arrambide.

Para las mujeres del medio rural, entonces, denunciar se vuelve una odisea.

Alba Pineda (59) lo sabe. Al principio lloraba todo el tiempo cuando repasaba su vida, hasta que hizo un tratamiento con un psiquiatra y empezó a superarla. Hace 42 años que está casada y si bien dejó de hablar con su marido, viven en la misma casa en Capilla del Sauce, Florida.

Cuenta su historia así:

—Una va cumpliendo etapas y de repente hace un click y se pregunta cómo ha llegado hasta donde está. Vengo de una familia muy pobre, no me casé enamorada, me casé para irme de mi casa. Mi padre era alcohólico, le pegaba a mi madre y yo necesitaba una excusa para salir.

A Pineda le gustaba la apicultura, pero su esposo no la dejaba dedicarse a la miel. Entonces empezó a criar corderos, hasta que decidió presentarse a una exposición. Su marido le dijo que daría vergüenza, que no expusiera, que los otros competidores la pasarían por arriba.

Los animales no ganaron, pero ella estaba orgullosa de verlos con la escarapela puesta. Ese concurso le dio la confianza que necesitaba y a los pocos meses tuvo sus propias colmenas. También se asoció a AMRU y ahora vende sus productos en las ferias del Prado.

Su esposo no la acompaña, no le pregunta, no sabe cómo le está yendo con el negocio. Pero ella tiene su dinero y ya no cree que tiene que darle explicaciones.

—Me sentía ahogada porque no tenía el respaldo de la otra persona. Ahora ya no me pasa más, sobre todo por la compañía de las mujeres del departamento. Es una unión impresionante.

Cambio cultural: que las hijas se ocupen del campo

El departamento de Desarrollo Rural del Ministerio de Ganadería (MGAP) les presta especial atención a las mujeres rurales. La mayoría de las capacitaciones y de los subsidios que reciben las agrupaciones de productoras vienen de parte del organismo, que tiene fondos dedicados a género.

En los últimos años realizaron talleres en formación agropecuaria. Les enseñaron sobre cambio climático, buenas prácticas agrícolas, perspectiva de género entre otras temáticas.

Por otra parte, organizan charlas sobre violencia de género, con el objetivo de que algunas reconozcan ciertas actitudes en sus familias que probablemente estén naturalizadas. De hecho, hubo mujeres que realizaron la denuncia ante la Policía después de estos talleres.

Desde el MGAP también trabajan en su imagen, en cómo se perciben a sí mismas. Hacen campañas para difundir derechos y mostrar a las mujeres en el rol de productoras. Paula Florit, integrante del departamento de Desarrollo Rural, afirma que estas actividades tuvieron una incidencia "muy positiva" entre las socias de las asociaciones.

A su vez, preparan cursos para las jóvenes rurales, que suelen emigrar a las ciudades a raíz de las pocas oportunidades laborales en el campo. En estos casos les explican sobre salud sexual y reproductiva, y acceso a la tierra. Este año se organizará el primer encuentro de mujeres jóvenes rurales.

También formaron a los profesionales que trabajan con los productores. Una de las capacitaciones la realizaron los funcionarios del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) para que tuvieran más en cuenta a las mujeres. Por el momento pasaron 200 empleados por las clases.

"La idea es acompañar el cambio cultural, que es un proceso progresivo que llega tarde al medio rural. Ante un productor varón que exprese que no hay nadie que pueda sucederlo en el predio, queremos que nuestros técnicos puedan decirle: ¿Y tu hija?", explica Florit.

Los subsidios también cumplen una parte importante en la vida de las productoras. El MGAP otorga un fondo rotatorio de US$ 5.000 a la Red de Grupos de Mujeres Rurales para que les presten a sus socias. El crédito máximo que cada una puede pedir es de hasta US$ 300, pero les sirve de ayuda porque, al no tener tierras a su nombre, es muy difícil que alguien más se los otorgue. Los planes de pago tienen facilidades y les dan un año para devolverlo.

"Son préstamos sociales porque la garantía es la palabra, la trayectoria, que la conozcan. Es de utilidad para que desarrollen una actividad productiva, es un puntapié", sostiene Florit.

A su vez, el Instituto Nacional de Mujeres (Inmujeres) del Mides tiene un fondo específico para género, pero que no está dedicado a las mujeres rurales. De todas formas, también hubo productoras que se beneficiaron de este dinero y pudieron emprender a partir de la ayuda del Estado.

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