La escritora ha sido nombrada como una de las nuevas voces de la literatura estadounidense. Su trabajo está marcado por la riqueza cultural de su natal Haití y la vida como migrante en Norteamérica. Presentamos un perfil sobre ella, y una traducción sobre una de sus obras.

Al grupo de migrantes haitianos de aquella escuela estadounidense de los a√Īos 80, sus compa√Īeros gringos nativos los llamaban despectivamente franchutes o balseros. La traves√≠a continuaba, aunque ya no se enfrentaran al calor y la sed inmensa del mar, ni al mareo del oleaje mientras lanzaban al agua los cuerpos de los que no resistieron el hambre, o el peregrinaje al ritmo de los vientos, elevando plegarias para no encontrarse con alguna tormenta en medio del oc√©ano. El dolor segu√≠a vigente en la negritud de su tez arribando a un pa√≠s atravesado por el racismo y el nacionalismo. Los medios de comunicaci√≥n hab√≠an hecho lo suyo, lo que se sab√≠a de Hait√≠ eran tres cosas b√°sicas: que los haitianos llegaban en balsas a trav√©s del mar arriesgando su vida, que los guardacostas los recib√≠an en tierra y luego la mayor√≠a eran detenidos y devueltos a su pa√≠s y que los homosexuales, los hemof√≠licos y los haitianos ten√≠an sida.

Edwidge Danticat llevaba varios a√Īos sin ver a sus padres cuando lleg√≥ la noticia de que al fin iba a migrar tambi√©n. El padre se hab√≠a ido de Hait√≠ cuando Edwdige apenas ten√≠a dos a√Īos; dos a√Īos despu√©s, su mam√° cruz√≥ el mar tras √©l. Los ni√Īos quedaron al cuidado de sus t√≠os en Puerto Pr√≠ncipe durante m√°s de ocho a√Īos. En 1981 cuando Danticat lleg√≥ a Estados Unidos, ingres√≥ a la escuela. Ten√≠a 12 a√Īos y sufr√≠a el maltrato constante de otros chicos por su origen y color de piel. Pero no estaba sola, la acompa√Īaban otros ni√Īos haitianos en la epopeya que se convert√≠a todos los d√≠as la escuela, una tanda de chicos que se las arreglaban para sobrevivir. En uno de esos d√≠as, cansados de la persecuci√≥n por su origen, tuvieron una idea brillante: dentro de los prejuicios que ten√≠an los ni√Īos estadounidenses de Hait√≠ estaba el de la pr√°ctica del voudu o vud√ļ, por lo que los haitianos acordaron p√≠caramente llevar al otro d√≠a pa√Īuelos rojos hechizados, y as√≠ cuando los gringos se les lanzaban encima al matoneo o dec√≠an sobrenombres ofensivos, ellos sacaban sus pa√Īuelos llenos de magia negra y los agitaban diciendo palabras que los otros ni√Īos no entend√≠an. Sus enemigos, indefensos ante el poder de la magia de los negros hu√≠an despavoridos por los corredores de la escuela.

Danticat vivi√≥ toda su adolescencia en un barrio haitiano de Brooklyn en donde mezclaba las costumbres y la lengua de su tierra natal con el ingl√©s estadounidensey la vida norteamericana. Se gradu√≥ de literatura francesa y es magister de la Universidad de Brown. Cuando ten√≠a veinticinco a√Īos public√≥ su primera obra: Breath, eyes, memory, en la que narra la historia de una ni√Īa haitiana que abandona a la t√≠a que la cri√≥ para buscar a su madre en Nueva York. Tres a√Īos despu√©s public√≥ el libro de cuentos Krik? Krak, con el que es nominada al National Book Award. El t√≠tulo viene de un peque√Īo juego haitiano que se hace antes de contar una historia; quien va a narrarla pregunta ¬ŅKrik? y quien quiera escucharla debe contestar ¬°Krak!

Su trabajo abarca la tradici√≥n y la historia haitiana, con lugar para el amplio espectro cultural de sus habitantes, sin dejar atr√°s los problemas econ√≥micos, pol√≠ticos y √©tnicos a los que se ha enfrentado el pa√≠s caribe√Īo. Sus relatos responden a esos dos grandes cuestionamientos que han marcado su vida: de d√≥nde venimos y qui√©nes somos. La respuesta la ha encontrado en la ancestralidad de su cultura signada tambi√©n por las tragedias pol√≠ticas de los suyos. Esa b√ļsqueda constante por responder a los hilos identitarios de la migraci√≥n la han hecho construir relatos de m√ļltiples voces y personajes, mujeres y hombres con a√Īos de historia y resistencia que le recuerdan ese proverbio en creole haitiano que reza: Men anpil, chay pa lou. Muchas manos aligeran el trabajo.

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Clases de lectura (fragmento) (1)

Por Edwidge Danticat

Versión de Jimena Jiménez Real

La primera vez que Danielle recuerda haber sido consciente de sus pechos fue cuando ten√≠a trece a√Īos y su madre le dijo que frotara mariposas estrujadas en ellos para hacerlos crecer. No mariposas que ya estuvieran muertas, sino mariposas vivas, arrancadas de p√©talos de flores por sus propias manos. Las saturnas eran preferibles porque era f√°cil distinguir a las p√°lidas hembras, que ella necesitaba, de los machos, m√°s oscuros, que no necesitaba. De las macaones y otras especies con motas negras se dec√≠a que daban mala suerte. Y bajo ninguna circunstancia deb√≠a confundir una polilla de gruesas antenas con una mariposa, pues si frotaba una polilla venenosa contra su peque√Ī√≠simo pez√≥n no solo le dar√≠a un sarpullido, sino que los pechos no volver√≠an a crecerle un solo cent√≠metro durante el resto de su vida.

Ya era una experta cazadora de lagartijas (prefer√≠a las de cola retorcida a las de cualquier otro tipo), as√≠ que las mariposas resultaron ser presa f√°cil, pero por estar acostumbrada a pelear m√°s de lo que estas eran capaces a veces apretaba demasiado fuerte. Y entonces sus alas se desmigajaban, dej√°ndole un polvo fino y pegajoso bajo las u√Īas, o se desbarataban enteras, sin m√°s, y ella apilaba los cad√°veres en un frasco, un mausoleo calidosc√≥pico y transparente, demasiado horripilante para guardarlo en el armario de los cosm√©ticos de su madre, pero demasiado bello para tirarlo a la basura.

El d√≠a que a su madre, al volver a casa desde su tienda de telas, le dispar√≥ un joven no mayor que Danielle (un compa√Īero de clase suyo, seg√ļn algunos testigos), ella destap√≥ su frasco de mariposas y arroj√≥ su contenido a las dos iguanas que guardaba en una jaulita en el jard√≠n de sus padres, cercado de bamb√ļ e hileras de hibiscos. Y, porque hab√≠a seguido el consejo de su madre, le crecieron los pechos, tanto que, a√Īos despu√©s de haber dejado atr√°s la adolescencia y de haber abandonado Hait√≠ con su padre, cuando trabajaba como profesora de primero en una peque√Īa escuela experimental del Little Haiti de Miami, descubri√≥ una ma√Īana en la ducha un bulto del tama√Īo de una casta√Īa en uno de ellos, el derecho, que parec√≠a haber florecido en la noche, como si sus gl√°ndulas mamarias se hubieran remojado en un ba√Īo de mariposas mientras dorm√≠a.

Hab√≠a contado la historia de su madre y la p√≥cima de mariposas a las dos mujeres haitianas que vinieron a su clase aquella misma tarde para aprender a leer. Rodeadas de dibujos de mapas de su Little Haiti, de mapas de verdad de lo que Danielle y los ni√Īos llamaban Big Haiti, de un globo terr√°queo que mostraba el mundo entero, y de dibujos pintados con padres y puertas de nevera en mente, ambas mujeres se sentaron envaradamente en los pupitres para adultos que se elevaban por encima de los de los ni√Īos, que durante la tarde permanec√≠an apartados en las esquinas m√°s alejadas.

A Danielle la hab√≠an reclutado como profesora para una de las que llamaban "clases de alfabetizaci√≥n al atardecer" luego de que al director, su novio clandestino desde hac√≠a dos a√Īos y medio, se le ocurriera la idea de ayudar a los estudiantes dando a los padres y madres una probadita del sistema educativo estadounidense. La escuela ten√≠a un cuerpo estudiantil compuesto en un 90% por haitianos (el √ļnico muchacho "extranjero" hab√≠a nacido en Burundi de padres haitianos, como el director) as√≠ que esperaba lo mismo de su clase de las tardes. Se anticipaba con pavor a los primeros instantes ante los padres, hablantes nativos de creole, que, a diferencia de sus hijos e hijas, no se limitar√≠an a mirarla sin disimular su regocijo, sino que la juzgar√≠an en funci√≥n de cosas que de pronto le costaba disimular, como la rapidez con que hab√≠a perdido el entusiasmo por su trabajo, o su creciente malestar con el hecho de tener que guardar un secreto que bien podr√≠a no tener mayores consecuencias, o resultar devastador.

Antes de que se presentaran las dos mujeres, hab√≠a estado pensando en limitarse a cumplir con su tarea mec√°nicamente, replicando con los progenitores lo que intentaba de la ma√Īana a la tarde con sus v√°stagos: los sonsonetes del alfabeto, los ensayos de vocales y consonantes, las tarjetas de colores, las demostraciones matem√°ticas con palitos de helado. Puede que incluso repitiera para ellos algunas de las preguntas que los ni√Īos planteaban constantemente: ¬ŅQu√© es un refugiado? ¬ŅPor qu√© necesitan dinero mis padres? ¬ŅQu√© es una bouzen[2]? ¬ŅQu√© es un vagabundo? Cada tanto un ni√Īo le deleitaba con una pregunta m√°s pueril, pensaba contarles a los padres: ¬ŅC√≥mo vuela una cometa? ¬ŅC√≥mo se mantiene en el aire un avi√≥n? ¬ŅD√≥nde se esconden mis l√°grimas cuando no lloro?

Cuando cuarentaitr√©s padres se inscribieron en las clases, dos de las cuales, seg√ļn descubri√≥ en seguida Novio Director, como a Danielle le gustaba llamarle, no sab√≠an leer en ning√ļn idioma, √©l los deriv√≥ a su peque√Īo grupo de entusiastas profesores reci√©n graduados y puso a estas dos al cuidado de ella, para una instrucci√≥n m√°s √≠ntima. Adem√°s, se√Īal√≥, ambas ten√≠an un hijo en su clase. Las m√°s joven, Fania, una mujer espigada que llevaba un vestido carmes√≠ sin mangas, era la madre de Vanya, una ni√Īa flacucha que siempre llevaba el pelo apretado en lo que parec√≠an cientos de trenzas de lana, cada una amarrada con un pasador de un color diferente. Los pasadores de Vanya le hac√≠an pensar a Danielle en los pulgones moteados que invad√≠an el jard√≠n de su madre en los veranos de su infancia, chupando la humedad de sus bananos hasta que los dejaban m√°s secos que el papel.

Lorvane, una mucama de hotel de uniforme azul, corpulenta y de aspecto estoico, ten√≠a tres hijos en la escuela. Uno de ellos era en efecto alumno de Danielle: Paul, un muchacho inquieto y revoltoso que a principios de ese a√Īo hab√≠a perdido dos dientes de leche que no daban signos de ir a ser reemplazados por dientes de adulto.

"¬ŅQu√© gano con ello?" pregunt√≥ Danielle a Novio Director cuando √©l sacudi√≥ una tabla de horarios ante sus narices aquella tarde, con sorna.

"¬ŅAparte del dinero extra?" Conservaba el acento franc√©s, le hab√≠a contado a Danielle, con el que hab√≠a hablado desde que se fue de Burundi a los diecis√©is. "Obviamente, la infinita satisfacci√≥n de ser una hacedora de milagros, de hacer ver a los ciegos."

Algunas veces sus proyectos le molestaban tanto que le daban ganas de darle un sopapo, ni fuerte ni muchos, solo uno. Pero también había veces que se sorprendía sintiéndose agradecida hacia él, pues aun mientras orquestaba sus grandiosos planes pedagógicos no olvidaba los detalles de la vida de ella. La había apuntado a impartir esa clase, por ejemplo, como si supiera exactamente lo que ella necesitaría aquella tarde: no estar sola en su amplio pero escasamente amueblado apartamento de Brickell Avenue, mirando fijamente el suelo, hincándose ansiosos dedos en la carne.

(1) El fragmento que aquí traducimos pertenece a un cuento cuya versión original fue publicada por primera vez en la edición del 10 de enero de 2005 de la revista The New Yorker

(2) "Puta", en creole.

El Espectador

avc 052018