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Ni bien haga pública su postulación a senador bonaerense, Florencio Randazzo concretará una espectacular reconversión. En apenas dos años habrá pasado de sostener una precandidatura presidencial con la que pretendía erigirse en el garante del "modelo" kirchnerista a liderar el movimiento que busca renovar el peronismo.

La "renovación" es la bandera del sector que lo respalda, aunque nadie vaya a usar mucho en público esa palabra en la campaña que se avecina. Como las figuras que la impulsan no son, precisamente, nuevas y como nadie pretende abjurar en bloque del legado de la "década ganada" (ni de los votos de quienes la extrañan), el marketing impondrá sinónimos más livianos, como "reconstrucción" y "transformación".

Cada definición de Randazzo en las reuniones que mantiene revela su porfía en competir con el kirchnerismo puro en una Primaria Abierta Simultánea y Obligatoria. A pesar de los tironeos que sufrió para ir por afuera o incluso para confluir con el Frente Renovador, nunca dio pistas en ese sentido. No olvidemos que las PASO son unas de sus criaturas, junto con los nuevos DNI y la recuperación del sistema ferroviario.

Sin embargo, su silencio público intriga y se convierte en otro motivo de presión. Algunos de los dirigentes que se van encolumnando detrás de su figura le plantean la urgencia de que salga a sentar posición sobre los grandes temas de la agenda política y económica. Alguien que fue testigo de la decepción que sufrió en 2015, cuando Cristina

Kirchner lo dejó sin PASO y coronó a Daniel Scioli como heredero, no descarta que, igual que entonces, esté esperando en convertirse en el candidato de una unidad que podría llegar por decantación. Esa sería la causa de la demora en comenzar a darle un perfil claro a su figura.

Aquella vieja especulación terminó mal para él, desde ya, pero también para la expresidenta. ¿La fallida experiencia del abuso del dedo puede llevar a Cristina esta vez a actuar de otro modo?

Eso, por ahora, es solo una especulación y Randazzo habla únicamente de primarias. Y lo concreto es que las encuestas muestran a la expresidenta como la amplia dominadora del espacio, con una intención de voto cercana al 35% en la provincia. Randazzo, en tanto, llega con esfuerzo al 10% cuando se lo menciona individualmente.

Es casi seguro que no habría para él pelea posible si su exjefa fuera candidata. Pero cree que si, como se especula, ella no compite, la prolongación del misterio sobre esa decisión prueba que, debajo de Cristina, nadie tiene atada la transferencia de semejante caudal de votos. Y él supone que lo tiene todo para crecer.

Tampoco le preocupa que los intendentes bonaerenses acudan en mayor número a las convocatorias de Máximo Kirchner que a las suyas. Calcula que los alineamientos se van emparejar cuando todas las cartas estén sobre la mesa y, en última instancia, su idea es hablarles directamente a los votantes. Las estructuras no van a definir la interna peronista, confía.

Sin embargo, resulta curiosa la apuesta a un bajo perfil tan prolongado de parte de alguien que ata su suerte al favor del voto silvestre. Por ahora, no pocos simpatizantes kirchneristas suman ese silencio a la lista de reproches que comenzaron a hacerle cuando se negó a obedecer a Cristina y dar pelea por la gobernación bonaerense. Para ellos, allí se fraguó buena parte de la derrota que elevó a María Eugenia Vidal y, con ella, a Mauricio Macri.

Esa es parte de la autocrítica que ensaya el propio Randazzo, por lo que volver a la pelea es su modo de reparar el error. El resto de la responsabilidad, sostiene, recae en un personalismo excesivo de la expresidenta, que el movimiento renovador (perdón, transformador) tiene que reparar con procedimientos y estilos más democráticos.

Esto último, las formas, tiene en su opinión gran importancia. El peronismo no debe dejar de rescatar los logros de la década larga del kirchnerismo, señala, pero eso no implica ser contemplativo con la falta de horizontalidad que tuvo ni con los casos de corrupción que se ventilaron. Pero el silencio tiene sus razones.

Una es que sospecha que uno o varios "carpetazos" aguardan a todo dirigente opositor que se anime a elevar la cabeza. ¿Para qué apurarse a ponerle el cuerpo a la lija?

Por otro lado, el haberse quedado en el Ministerio del Interior y Transporte hasta el mismo 10 de diciembre de 2015 le hace difícil ensayar un discurso autocrítico. Es de esperarse que muchas de las primeras entrevistas que conceda giren en torno a cuestiones como los casos de corrupción, la manipulación de las estadísticas del Indec o el exceso de intervencionismo que llenó la economía de cepos. Él no fue responsable directo de esos males, claro, pero se le preguntará a fondo sobre si su permanencia en el cargo no fue una forma de "laissez-faire".

Sin embargo, acaso, algunos interrogatorios no vayan tan a fondo: al fin y al cabo, las PASO del peronismo bonaerense son, para algunos factores de poder, una suerte de "sale o sale" que se suma a la ofensiva judicial para sacar definitivamente de la cancha a la expresidenta.

Su problema no es que no se anime a la autocrítica. El inconveniente es que la manta de su discurso es corta. La necesidad de ser delicado en el balance de la gestión anterior para sumar en el futuro a los K puede limitarlo luego, a la hora de ensanchar una avenida que imagina necesariamente más amplia.

La prioridad es, claro, ganar la interna; menudo trámite. Luego comenzaría otra película, una que tendría en Macri al villano y que se centraría en los tropiezos económicos del Gobierno, en las estrecheces de los salarios y en los temores de los argentinos a perder sus empleos.

Sería, ya en esa instancia, gustosamente funcional a la polarización que impondrá la Casa Rosada.

La prédica antipopulista del último año y medio fue muy intensa y arreciará en su contra si sale airoso de las PASO. Pero cree que un éxito le abriría de par en par la puerta al sueño que vio truncado dos años atrás.

/ambito.com por marcelo falak